Erase una vez un país muy, muy lejano… donde vivían casi más de 5 millones de personas, todos ellos tenían algo en común… no tenían trabajo y habían obtenido la nacionalidad de este país por ese motivo. Lo llamaban INEM y tenía como única frontera otro país llamado España, lugar de origen de casi todos sus habitantes.
Este país acumulaba una gran cantidad de conocimiento, por una parte un gran grupo de jóvenes, bien preparados, universitarios, con ideas, ganas de trabajar y adquirir experiencia…
La tasa de paro juvenil en España está en el 43,5% (Datos del Instituto de Estudios Europeos IEE) frente al 20,4% de promedio europeo.
Por otra parte un número importante de profesionales mayores de 45 años, con experiencia y que llegaban a este país porque en España se les consideraba “caros” o tal vez “mayores”…
Foto de @xsalas
El paro en profesionales de más de 45 años superaba el 15%, más del doble del que había en el año 2007 (5,9% ), pero con un problema añadido tienen un 20,8% más de probabilidad de convertirse en parados de larga duración que los menores de 25 años.
Un día, en este país llamado INEM alguien se preguntó por la posibilidad de enviar a estas personas más allá de sus fronteras, a otros países lejanos, donde si necesitaban profesionales cualificados y donde se estaba generando empleo…
Dependiendo del nivel de formación, Alemania podría necesitar 500.000 de nuevos empleados especializados, esta economía creció un 3,6% en 2010 y tiene una previsión del 2,3% para creció un 3% en 2011, con una tasa de paro del 6,6%  7%.
En el país vecino, España, alguien se preguntó: ¿Qué futuro puede tener un país así? Donde sus profesionales se marchan a otros lugares, porque no hay oportunidades. Donde los jóvenes no pueden trabajar y los profesionales con experiencia tienen dificultades para mantenerse en el mercado laboral…
Entonces: ¿Cómo aprenderán nuestras organizaciones? ¿Cómo se trasmite el conocimiento?

(Este post fue publicado en mayo de 2011, no ha perdido actualidad y los datos modificados se han mantenido)