Mientras aparcaba el coche me sorprendí contando los años que habían pasado desde mi graduación como doctor, no recordaba si fue antes o después de mi ordenación como sacerdote. El tiempo pasaba muy deprisa y algunas fechas ya me quedaban muy lejanas.
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Al bajar del coche oí una voz a mi espalda: “Hace ya tiempo que aquí nadie cree en los milagros”, al girarme vi a un anciano que estaba sentado en un banco de piedra en la puerta del asilo, le saludé, él me ignoró. Entré. Me recibió un portero con la espalda encorvada, de aspecto demacrado, ojos amarillos y una gran sonrisa sin dientes, casi merecía el estatus de paciente más que el de empleado. Apenas pude oír su voz cuando me indicó donde estaba el despacho del director.
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El lugar era oscuro, sin vida, parado en el tiempo, como si nadie hubiese recorrido sus pasillos en los últimos cincuenta años. Mientras avanzaba me sentía observado desde las habitaciones, tenían las puertas abiertas, aunque la luz era incapaz de penetrar en ellas y dejar ver su interior. Cuando llegué al despacho del director, llamé a la puerta, de entre la oscuridad una voz lejana me invitó a entrar. Su mirada fue lenta, su respuesta rápida: Necesitamos un médico, no un cura.