Para que mis padres no se enteren de que me he marchado he dejado la radio puesta y me he deslizado por el tejado del porche desde la ventana de mi habitación, hasta alcanzar el garaje y coger la bici. Mis amigos me esperan en el cruce que hay a la salida del pueblo, allí nos adentraremos en el bosque siguiendo un camino de tierra, por donde nunca nos dejan ir. Los mayores dicen que es muy peligroso, que viven personas que se llevan a los niños. Mis amigos dicen que eso es mentira, que son inventos de mayores para que no sepamos la verdad.

Después de una larga curva el camino nos deja frente a una gran casa solariega. Parece abandonada, pero tiene luces en las ventanas y la puerta, el miedo me recorre la cabeza por detrás de las orejas hasta llegar a los brazos y luego a las piernas. Estás se activan, doy media vuelta y salgo corriendo como alma que lleva el diablo. Trepo por el tejado del porche, apago la radio y me tapo con la sábana hasta cubrir mis ideas.

Años después, entre bromas y risas, mis amigos aún me recuerdan el primer día que visitamos el burdel.