Como todos los días Samuel se levantaba temprano, no había perdido la costumbre a pesar de llevar varios meses jubilado y no tener necesidad de madrugar. Él siempre bromeaba diciendo que no se acordaba de cómo se cambiaba la hora de la alarma en su viejo radio despertador, después de tantos años anclada a las 6:30 am.

Vestido con su nuevo chándal, se calzaba las zapatillas de deporte regalo de sus compañeros de trabajo el día de su despedida, se preparaba un café que tomaba en pie en la cocina y salía para dar un largo paseo que le llevaba varias horas por las afueras de la ciudad, siempre el mismo recorrido. Un tiempo de reflexión para Samuel, sin prisas, observando un paisaje que para él era cada día diferente.

De regreso a casa se sorprendió al ver pegada su cara en una farola, allí estaba él, impreso en un folio, en blanco y negro. Se paró a leer: “…desaparecido. Viste chándal y zapatillas de deporte…”. Que extraño, no recordaba si había tomado el café esa mañana.