No eran buenos tiempos para las palabras, para el dialogo, el razonamiento sosegado y constructivo donde aprender de los otros. Solo se hablaba para las tribus, cada uno para las suyas, provocando el aborregamiento de las masas que solo deseaban escuchar una y otra vez las mismas arengas.

La razón no estaba de moda, se imponían los sentimientos acervados que solo conducían a la sordera. Los medios de comunicación ya no informaban, se posicionaban para alimentar a los bandos, para desinformar y abastecer de argumentos a los que pagaban sus nóminas.

Se empezaba a hablar de disturbios en las calles, aquí y allí, nadie confirmaba ni desmentía nada y el vacío de poder cada vez se hacía más evidente. Pronto se vieron pasar por las calles hordas de personas que arrasaban con todo lo que veían. Las familias optaron por quedarse encerradas en sus casas, esperando que la situación volviera a la normalidad.

Con el tiempo se interrumpió el suministro de luz y agua, escaseaba la comida en las casas y era necesario salir para conseguir sobrevivir. Tomar el camino hacía el norte era la opción más segura según los comentarios de los vecinos, a los que veías tomar su hatillo y desfilar con semblante triste hacia tierras desconocidas, sin saber de su destino más allá de los rumores que unos y otros contaban.

Ghaada despertó con los primeros rayos de sol en su cara, miró a su alrededor, todo estaba en orden, su esposo y su hija descansaban en la habitación. Dio gracias por lo que tenía y a los que le acogían en ese nuevo mundo alejado de la muerte. Dibujó una sonrisa… aunque las pesadillas no cesaban.

(Foto de Pixabay)