Llovía afuera y yo sin paraguas. Llegar a la parada de autobús más próxima era una locura, terminaría empapada y no me lo podía permitir con aquel vestido. Pregunté al portero del local si era posible llamar a un taxi, sin quitarse el cigarrillo de la boca, movió la cabeza indicándome que no.

El tiempo pasaba y la desesperación aumentaba, me sentía impotente. De repente salió un cliente del local y le pregunté si podía acercarme al centro, me miro de forma extraña y sin mediar palabra hizo una indicación con la cabeza para que le siguiese. Nunca olvidaré aquella noche.

Desde entonces solo salgo de fiesta los días de lluvia y nunca llevo paraguas.

(Foto de Pixabay)