El tren era la forma de transporte más rápida, cómoda y barata que tenia Asael para llegar al centro de la ciudad. Cada mañana al amanecer esperaba en la estación de Sutton al sur de Londres su impuntual convoy, empezando lo que él llamaba su película sin guión, treinta y dos minutos que terminaban en Victoria Station.

Asael escuchaba los sonidos pero sobre todo observaba a sus habitantes, los que como él eran habituales y sabían cual era el vagón más vacío o el asiento mejor, esos con los que no se saludaba pero que echaba de menos cuando estaban de vacaciones o enfermos, eso debía de imaginarlo. También a los pasajeros de paso, despistados, con dudas de si ese era el trayecto correcto y si llegarían a su destino a tiempo, turistas con pesadas maletas o jóvenes de juerga.

Los primeros iban pertrechados de cachivaches para pasar el tiempo, libros, tabletas, auriculares, fiambreras para el desayuno. Los segundos estaban desnudos, con los ojos abiertos observando por las ventanas el aspecto de un trayecto que a los demás no interesaba por conocido, anodino y sin ningún interés.

Asael imaginaba en cada trayecto como serian las vidas de los compañeros de ese tren, sus trabajos, donde vivían y como eran sus casas, sus parejas, sus costumbres, sus gustos. Les investía de un personaje con vida propia, paralela a su existencia.

Cuando el tren llegaba a Victoria Station los pasajeros volvían a la realidad, eran de nuevo extraños compañeros de tren. Asael olvidaba su guión, no sin antes imaginar por un instante que papel habría tenido él en la vida de sus compañeros de viaje.

(Foto de Pixabay)