Desde el día que murió nada era igual, la casa estaba más triste y solitaria, incluso el olor era diferente. No imaginaba cuanto la echaría de menos. Saber que no había nadie al otro lado de la puerta cuando llagaba cansada del trabajo, incluso añorar los tediosos paseos que nos dábamos y los cruces de reproches con otros transeúntes o las paradas inesperadas al cruzar la avenida.

Llegó a mi vida por casualidad, en una época triste, cuando me escondía de los compromisos sociales, cuando todo me resultaba anodino. Fue amor a primera vista, no pensé en las consecuencias, quería ser feliz y compartir con alguien mi cariño.

Cada noche dos pequeñas lágrimas humedecen mi almohada. Me he prometido a mi misma que nunca más tendré otra mascota.

(Foto de Pixabay)