Fresca, brillante, antihistamínica, así le hacía sentirse él cada día en aquel Starbucks de camino al trabajo. Ella llegaba pronto, pedía un “café latte” y se sentaba en el lugar más despejado del local, le esperaba en silencio, mirando su iPad sin perder de vista la puerta por donde él entraba cada mañana.

Imaginaba como iría vestido, sus movimientos y que libro llevaría en la mano. Se veía charlando con él y compartiendo sus mundos. Cuando él hacia su aparición por la puerta, ella se erguía con disimulo en su asiento. Luego una sonrisa.

Él pedía un “coffee latte” y la buscaba con la mirada, se movía hacía ella y buscaba un asiento lo más cerca posible. Esa era la señal para que ella saliera del local por la puerta lateral.

Cada noche, al llegar a casa, se esperaban sentados en el sofá. Se abrazaban sonriendo, sin cambiar palabras, solo miradas, como en el Starbucks cada mañana. Juntos se sentían frescos, brillantes y antihistamínicos.

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