No pudo seguir adelante sin ella, se dejó caer lentamente sobre sus rodillas y se tapó la cara con las manos. El sudor empapaba su ropa y el frío empezaba a calar en sus huesos. Sabía que sería alcanzado en pocos minutos, podía oír el ladrido de los perros a lo lejos.

Habían iniciado el camino juntos, llevaban muchos meses caminando por la noche y escondiéndose por el día, casi sin comer, robando en los campos por los que pasaban, después de que a ellos les robaran lo poco que cogieron para llegar a la libertad.

Y aunque aún tenía fuerzas para seguir adelante, se abandonó, no quería alcanzar la valla él solo. Iba a ser abatido, como sus sueños y sus hijos abandonados en Tombuctú, como Najya minutos antes.

(Foto de Pixabay)