Su padre también le dejaba conducir la furgoneta, así que no le extraño que esa mañana su tío le pidiera esperar al volante de su coche, después de aparcar en el centro de la ciudad y advertirle de que no parara el motor.

Ella se aferró al volante con todas sus fuerzas usando sus pequeñas manos y calculó la distancia a los pedales, llegaba justo. Dio un pequeño salto hacia delante y se quedo en el borde del asiento ¡Ahora si!.

Miró al frente para ver si tenía el camino despejado y pensó que podría salir sin hacer ninguna maniobra si le dejaba conducir. Un golpe seco le devolvió a la realidad, de repente su tío estaba sentado a su lado y le repetía ¡Arranca, arranca!

De no ser por la voz no le habría hecho caso, la máscara de payaso le hacía irreconocible.