Cuando escuchó los golpecitos en la ventana del balcón, Luis se deslizó sigilosamente entre las sábanas como una serpiente. Sin encender las luces llegó hasta la planta baja y abrió la puerta para dejarle entrar. Se sentaron en un pequeño banco destartalado que su tío tenía en el cuarto de los trastos.

De repente se encendió la luz de la escalera. Se quedaron paralizados, conteniendo la respiración, con el corazón en un puño.

¿¡Eres tú!?

Si tía soy yo, ahora voy a dormir.

Unos interminables segundos después se apagó la luz. Volvieron a sonreír. Hablando con voz queda y contándose mil historias, no paraban de acariciarse el pelo. Eran felices compartiendo cada noche sus secretos a escondidas.

Luis despertó cuando sonó Billie Jean de Michael Jackson en M80. Extendió el brazo izquierdo y apagó el despertador, se incorporó y miro a su pareja. Tenía una feliz sonrisa dibujada en la cara, que hacía su sueño más real. Le dio un beso en la frente.

Hoy podrían casarse y dejar de esconderse.