La cuidad del amor, así llamaba Karima al pueblo de mis padres, donde cada verano pasábamos unos días de descanso sin necesidad de escondernos, de fingir y aparentar lo que no queríamos ser.

Éramos libres tumbadas en el césped del patio trasero de la casa, observando un cielo puro clavado con millones de puntos brillantes, jugando a descubrir estrellas fugaces, y regalándonos un beso por cada aparición.

Años después sigo tumbada en aquel patio. Observo un cielo que ahora brilla más, porque una nueva estrella me observa cada noche.

Años después sigo sin olvidar como segaron la vida de Karima. Dejaron que su asesino se acercarse demasiado.