Con los pies a remojo mientras pescaban y un cubo con cervezas frías entre ambos, así pasaban gran parte del verano mi padre y su amigo, venido desde Argentina cada año para disfrutar de esos momentos. Augusto era fascinante, contaba historias sin parar y nos hipnotizaba con su forma de hablar y sus pausas interminables acompañadas por el movimiento de sus manos.

Cuando mi padre se enteró de su muerte, quiso ir a Buenos Aires para despedirse de su amigo, no fue posible.

Estoy frente a Augusto en el cementerio de Recoleta, me tiemblan las piernas, solo tengo que depositar un puñado de cenizas sobre la tierra helada.