Hacía casi dos milenios que lo habían crucificado, pero nada había cambiado. Los gestos, las miradas, los sentimientos que brotaban entre los asistentes me helaron la sangre. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando apareció él en escena, el silencio se adueño del lugar y una densa nube con sabor azucarado ocultó nuestros pies. Poco a poco la luz fue tomando un tono amarillento y un estruendo hizo que todos encogiésemos los hombros, mirando hacia el cielo.

Ya no tengo ninguna duda, los vampiros existen. Aunque mamá diga que las entradas del teatro son cada vez más caras.