Se fueron juntos cogidos de la mano, alejándose por el camino de tierra hasta convertirse en un pequeño punto en el horizonte. Me quedé sentada en aquella piedra durante un buen rato, haciendo que el tiempo resbalara por mis recuerdos, por los días felices que había pasado a su lado, el cariño recibido sin esperar nada a cambio. Su generosidad infinita, que ya les hacía inmortales.

La vida continuaba. Era fuerte y libre gracias a ellos, no podía retenerles a mi lado para siempre. Ahora había llegado el momento de convertirme en uno de ellos.

Oí los pasos de Sara a mi lado ¿Jugamos Mami?