Una vez, y otra vez y otra vez. Acompasando el movimiento de las pequeñas olas de un mar que lo envolvía y que lo mecía como en una cuna de espuma, como un péndulo que nunca deja de oscilar lentamente.

No podía dejar de mirar su rostro, completamente blanco. Como sus ojos, en blanco. De nuevo un golpe seco me estremeció, su sien contra el saliente de una de las rocas que formaban el espigón de levante.

No me sonaba de nada su cara, así que continué mi paseo por la playa.