Hablar de muertos vivientes, de cuentos de terror, de niños desaparecidos y asesinatos macabros, sentados delante de la tienda cada atardecer. Era como un rito que nos ponía los pelos de punta, apretándonos cada vez más, como cerrando ese círculo imaginario que formábamos, para no dejar entrar a ningún desconocido.

Las mismas historias inventadas que repetían una y otra vez en la televisión desde hacía unas horas, mientras creaban un bucle infinito con las imágenes de mi monitor saliendo esposado de su casa.