Cada mañana mi madre entraba en la habitación y estiraba del extremo de la cortina que ocultaba un ventanuco que daba a un patio de luces interior, por donde no aparecía ni un resquicio de luz en todo el invierno.

Se acercaba a la cama y me susurraba al oído: “Tienes que levantarte para ir al colegio”. Después me daba un beso en la mejilla. Yo buscaba con la mano la ropa que dejaba preparada al pie de la cama, y la escondía bajo las sábanas para calentarla.

Luego tenía una hora de camino hasta llagar a la escuela, pero era feliz en aquel mundo que despertaba conmigo cada mañana.

A mediodía la mujer de Don Juan, el maestro, entraba en la clase con una cesta cubierta por un paño de tela. Escondía unos mendrugos con chocolate o membrillo casero.

Cada mañana esperaba que mi madre descorriera la cortina del ventanuco.