Era un sitio privilegiado, solo tenía el pequeño inconveniente de la proximidad a las vías del tren. En el centro había un banco, intacto, que servía de separación de los dos ambientes. A la izquierda el jardín, necesitaba un poco de cuidado, pero daba la sombra necesaria cuando se necesitaba. A la derecha el dormitorio, fresco en verano y resguardado en invierno.

Sus sueños se teñían de familia, de hogar y felicidad. Pero el destino lo despertaba cada quince minutos.

La piel arrugada, la mirada cansada y perdida en un horizonte inexistente. Un banco en el centro, a la izquierda el parque, a la derecha el puente de peatones del tren de cercanías.

 

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