Se habla y se escribo sobre cómo serán las “Nuevas empresas” y cómo se construirán. Lógico, aún estamos re-evolucionando sobre conceptos que no tienen asignados directamente beneficios (ahorros) que se muestren en la cuenta de resultados, al menos no de forma convincente. Algunos decidieron llamarles “Empresas 2.0”.

El concepto “empresa” es el que tenemos todos en la mente, con el que hemos nacido, crecido y nos hemos reproducido profesionalmente. Así que será muy difícil que estructuremos una nueva forma comercial de agrupación de humanos que se llame igual, aunque le pongamos la coletilla “2.0”.

Además, por las pistas que estamos teniendo: Organizaciones planas, comunicación transversal, libertad de movimientos de las personas, participación global, innovación continua, adaptables a cambios de forma rápida, flexibles, formados por intra-emprendedores… Poco tendrán que ver con las actuales organizaciones llamadas empresas.

Por lo tanto, mientras no aparezca alguien que les asigne una nueva nomenclatura, les podemos llamar: “No-Empresa”. Tiene su sentido, no.

Poco se parecerán a las actuales y además muchos creemos que esa diferencia es la que les hará mejores, incluso hasta el extremo de que solo en ellas se podrá trabajar el talento y la innovación, desde las “tribus” que formaran su músculo.

Las empresas tradicionales tienen una estructura más bien rígida, con sus organigramas, que representan solidas porciones estancas de divisiones, secciones y departamentos. Todos ellos haciendo la guerra por su cuenta, creando grandes burocracias que solo los viejos del lugar saben resolver. Moles de granito que resultan difíciles de mover y cuando se les quiere dar una nueva forma (Adaptación al cambio), es necesario esculpirlas con cincel y martillo para salvar su resistencia. Su estado es sólido y los cambios traumáticos.

Frente a esta rigidez desarrollada desde una visión “tayloriana” (Frederick Taylor) de la empresa, impulsada en la segunda revolución industrial, surgen teorías que plantean organizaciones más ligeras en sus formas, más moldeables y ágiles frente a los cambios.

Cómo plantea el economista y sociólogo Henry Mintzberg en su obra The Nature of Managerial Work (1974), donde cuestiona el papel de los directivos en entornos cambiantes (similares al que estamos viviendo), y donde se enfrenta a la planificación y a las estrategias a largo plazo. Para el profesor Mintzberg la creatividad e intuición de la estrategia, prepondera sobre el análisis y la racionalidad. En sus obras La estructuración de las organizaciones (1979) y Diseño de las organizaciones efectivas (2000), el profesor canadiense identifica los componentes básicos de una organización moderna.

Evolución de las estructuras de la empresa ximo salas

De forma paralela el sociólogo Zygmunt Bauman (Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010), plantea en su obra Modernidad y ambivalencia y en otras posteriores (Finales de la década de 1980), el concepto de “modernidad líquida”, donde lo “líquido” sirve como metáfora de los cambios continuos, la flexibilidad y la adaptación de los nuevos tiempos. Frente a la rigidez de lo sólido, de lo predecible y controlable, que marcaba el pasado.

Si tomamos como referencia a estos dos autores, introducimos el concepto de “estado líquido” como definición del comportamiento de la sociedad actual y como estado natural de las estructuras de las nuevas organizaciones, incluyendo las estructuras de las empresas.

En la actual situación, inmersos en la cuarta revolución industrial, o más bien, re-evolución digital. La rapidez y variabilidad en la que nos movemos hace necesarias estructuras ligeras, moldeables y líderes adaptables a los cambios continuos.

Donde la relación a través de redes se consolida como medio más lógico para generar conocimiento e innovación, sin ser cerradas ni eternas, permitiendo la permeabilidad suficiente para que se auto-alimente de los cambios externos. Con liderazgos basados en las personas y sus emociones.

Sin duda necesitamos un estado más moldeable que el líquido, debemos evolucionar hacia “organizaciones gaseosas”.

Si queremos que nuestras empresas evolucionen y se adapten a los nuevos tiempos de cambio, a las nuevas formas, deberemos aplicar una dosis adecuada de energía a las mismas. No olvidemos que los estados de la materia solo evolucionan si aplicamos la energía necesaria, no lo hacen por arte de magia.

Pero que no se preocupen aquellos que velan por los costes de la energía, según el primer principio de la termodinámica “La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma”.

Si eres inteligente la energía que apliques en tu empresa, para cambiar su estructura, será una inversión y no un gasto.

Sesiones outdoor por ximo salas rrhh